Hoy es el primer día de algo que se viene repitiendo en mi vida los últimos años durante el mes de Agosto… hacer las maletas, cargar el coche y salir junto a mi familia a buscar nuestros metros cuadrados de playa. Es algo que hago de manera rutinaria, como si no hubiese otra posibilidad, dejándome llevar del mismo modo que una colchoneta sobre las olas.

Siguiendo mi tendencia trato de obviar lo que no me gusta de cada situación para centrarme en encontrar los puntos más positivos. Hoy he disfrutado enormemente del inmenso placer que me aporta conducir. La carretera me ofrece una fascinante sensación de libertad…  meto cuarta, quinta, sexta… luego pongo música, canto en voz alta –pese al sufrimiento general del resto de pasajeros- y disfruto del momento.

Desde mi privilegiado punto de vista como conductora, y por supuesto sin dejar de vigilar la carretera ¡faltaría más!, me permito disfrutar del paisaje, y alucino, por ejemplo, con el efecto óptico de la geometría de los campos cultivados, con las distintas intensidades de color del cielo y de las nubes, con la anárquica silueta de los cerros, con la magia de los antiguos edificios olvidados, con la fuerza de los castillos sempiternos, con el efecto del viento sobre la copa de los árboles, con la difusa línea del horizonte… y mi olvidada afición a pintar lienzos me presiona el pecho reclamando mi vuelta a los pinceles… y aquí los tengo, por si me siguen llamando.

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