Érase una vez hace mucho tiempo una muchachita que durante las vacaciones viajaba a un mundo como el de Alicia, pues todo era maravilloso. Es cierto que no había que descender por una madriguera, pues bastaba con subirse al coche de sus padres e intentar dormir durante todo el viaje hasta despertar en un mundo muy distinto al barrio de la ciudad donde vivía.

Presididos por una enorme iglesia, muy antigua, en la que destacaba un alto campanario, los edificios de aquel mundo maravilloso solían tener sólo dos o tres alturas y estaban, en su mayoría, pintados de blanco y gris. En las calles no había asfalto, estaban empedradas y cada piedra se adornaba con el verde de la hierba que la rodeaba. No había casi coches, aunque no era extraño cruzarse con alguno de vez en cuando, como tampoco lo era cruzarse con alguien a lomos de un burro.

En una de esas casas vivían sus abuelos; unos abuelos como los de los cuentos, ella fuerte y cálida, con el pelo recogido en un moño, y él con un traje con chaleco y un sombrero de fieltro negro. A ambos los recuerda con una gran sonrisa, como si la llegada de esa niña les hiciera más felices.

La casa de los abuelos estaba construída sobre dos cuevas como las de los cuentos: una con conejos (que aunque no tenían chistera a la niña le resultaban fascinantes) y otra llena de tinajas y recipientes con alimentos. El aseo estaba junto esta última cueva, escavado en la roca, y todavía la niña recuerda como su abuela se dedicaba en él cada mañana a desenredarle el pelo, admirando que aguantara los tirones sin rechistar.

Sobre las cuevas estaban la cocina, el comedor y los dormitorios, con colchones de lana, orinales bajo el somier y unos preciosos baúles de madera, forja y chapas de colores dónde se guardaba la ropa de cama y donde la niña se escondía cuando sus padres regresaban a por ella para devolverla al mundo real. Uno de los dormitorios estaba escondido tras una cortina, y su suelo de madera era el techo de la cueva de las tinajas. Era divertido mirar por entre las rendijas desde arriba como la abuela trasteaba en la cueva buscando los ingredientes para preparar la comida, que se guisaba bajo una enorme chimenea que presidía la cocina, cuyas paredes estaban adornadas con todo tipo de utensilios y que constituía la mágica estancia que comunicaba la casa con las cuevas desde el interior.

Aún había otras dos estancias en esa casa, las más misteriosas para la niña, puesto que las tenía totalmente prohibidas: una era “la habitación secreta” donde el abuelo dormía la siesta, una pequeña sala a la cual se accedía directamente desde la cocina; la otra era el desván, al que llamaban “sobrao“ (porque allí, como en todo mundo de cuento que se precie, tenían palabras especiales), y al que se llegaba subiendo una empinada escalera y que, a ojos de la chiquilla, debía estar habitado por duendes.

Cuándo la niña no se alojaba en la casa de los abuelos lo hacía en la de sus tíos, otra casa de cuento, pues en realidad se trataba de la casa de su hada madrina. El hada madrina vivía con su marido y sus cuatro haditas (aunque por ese nombre sólo se conocía a una de ellas) y lo normal en esa casa era estar llena de risas y juegos, tan sólo interrumpidos a la hora de la siesta cuando mi tío (pues a estas alturas ya debéis haber adivinado que la muchacha era yo) descansaba sentado en un sillón orejero iluminado por los destellos en blanco y negro del televisor.

La casa de mis tíos era muy divertida, tenía un patio interior en torno al cual se hacía la vida en verano, esos veranos llenos de juegos, en los que las hadas se acicalaban y yo disfrutaba admirándolas y deseando ser un hada como ellas. Algunas noches sacaban una guitarra, y era divertido cantar y bailar, revolucionando con mi presencia la rutina de antes de dormir.

Y si la vida en las casas era divertida salir a la calle también era toda una aventura: nunca se sabía qué o a quién podrías encontrar y siempre había algún conocido que daba la bienvenida, alguien con quien jugar, alguien de quien aprender, alguien con quien escaparte un rato, o alguien, incluso, con quien compartir un trocito de corazón… mi familia, mis amigos, mis amores…

Hay muchos recuerdos, muchas anécdotas, muchas imágenes, muchas historias y muchas personas que siguen vivas en mi versión del País de las Maravillas.  Algunas ya sólo viven en la memoria, otras se quedaron en el otro lado de la madriguera y unas pocas han traspasado los límites y hacen que el mundo real, desde mi punto de vista,  sea un poco más maravilloso… ¡mil gracias!

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