Hace tiempo tuve el placer de trabajar con una compañera estupenda. Ella alegraba las mañanas con su risa constante, su voz enérgica y su optimismo contagioso (así la recuerdo). Era firme en sus opiniones, fuerte de carácter pero con gran sensibilidad para percibir el estado de ánimo de sus compañeros.

En una situación laboral difícil, de éstas que acompañaban la rutina del inicio de la famosa crisis –cuando aún se llamaba recesión-, quiso el destino interponerme entre sus valores y los de la empresa en la que ambas trabajábamos. El caso es que -no sé si fue por falta de valor, por falta de visión o por simple “empanada mental”- no me comporté como me dictaba mi voz interior, y no supe estar a la altura. Matices aparte he de reconocer que no la defendí (como era mi obligación) y me deje llevar por el resto de voces que me rodeaban y por mi vanidad asustada.

Esta anécdota se quedó conmigo una muesca más para añadir a la lista de traiciones al alma.

Hoy, más de dos años después, me he encontrado su nombre en mi agenda y mi voz interior me ha dicho… “nunca es tarde para reconocer un error y pedir perdón”… y eso he hecho. He de confesar que tenía miedo a su respuesta, y más miedo aún a su silencio, pero lo cierto es que Ángeles es una gran persona y hoy me ha hecho un gran regalo: su perdón y, además, su cariño y reconocimiento.

Desde mi punto de vista es una experiencia muy grata ser sincero con uno mismo, analizar los errores, mandar el orgullo a la mierda y pedir disculpas a quien con ellos pudiste dañar… además ofreces la posibilidad de que te den el regalo de su perdón

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