Recuerdos entre reyes

Recuerdos entre reyes

Parece mentira, pero me acuerdo de la luz del sol iluminando un sofá de brillante color cuero y terciopelo verde en el que se amontonan paquetes envueltos en papel de regalo, es un día de reyes de los primeros años 70 y una muñeca de pelo rubio oscuro emerge entre los restos de papel. Recuerdo abrazar a esa muñeca que me acompañó durante muchos años, el tacto de sus rígidas extremidades, que nunca cedían a la presión para doblar sus rodillas y que la obligaban a sentarse en una postura incomodísima, -pensaba yo con compasión-, y me viene a la memoria algo inquietante: un dispositivo instalado bajo su vestido, en el interior de su estómago de plástico. Un espacio imprevisible que permitía poner pequeños discos de colores con canciones infantiles, sonidos que no puedo recordar, pero que seguro formaron parte de la banda sonora de mis primeros años.

Después mis recuerdos dan un salto enorme hasta los años ochenta y sus maravillosas noches de reyes. Las pasábamos en casa de mis tíos, en un precioso piso junto al Palacio Real de Madrid, y eran toda una fiesta. Recuerdo el suelo de baldosas de arcilla, siempre brillantes, y el pasillo interminable que daba paso a una cocina enorme, normalmente llena de personas, preparando los últimos detalles de la cena ayudados de un montón de utensilios que no sabía para qué servían, pues en casa no había tanta variedad.., todos estábamos en la cocina porque el salón estaba prohibidísimo, ya que los Reyes Magos estaban a punto de acudir para dejar los regalos.

Recuerdo la emoción esperando que mi tía llegara con la noticia de que sus reales majestades ya habían pasado por el salón. Yo ya sabía que la realidad era bien distinta, pero me encantaba hacerme la ignorante ante mi primo Nicolás, aún muy pequeño, que ansiaba que se abriera la puerta del salón, cada año con más regalos y cada año empaquetados y etiquetados con más detalle.

Recuerdo a mi primo, que por ser el más pequeño se encargaba de repartirlos, con la voz entrecortada por la emoción infantil,  deseando encontrar sus regalos y al mismo tiempo feliz por tenernos a todos allí, tan pendientes de él.

De ese salón recuerdo la chimenea y una cuna de madera oscura pintada con flores de colores en la que mi tía guardaba las revistas, también recuerdo las primorosas mesas vestidas para cenar, y un montón de momentos de risas y juegos sobre la mesa infantil mientras disfrutaba del huevo hilado y de la compañía de los primos de mis primos, a quién solo veía las noches del 5 de enero.

Poco a poco, los años me fueron permitiendo disfrutar de las charlas de sobremesa en la mesa de los adultos… recuerdo como me encantaban sus historias y sus debates: política, recuerdos infantiles, recetas de cocina… recuerdo que poco a poco comenzaron las ausencias, y así, sin darme cuenta, que es como pasa la vida, recuerdo que un año no fuimos a casa de mis tíos, y en ese momento me di cuenta de que mi infancia había llegado a su fin.

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